Si lo miras, se transforma...



Los trastornos mentales no son una enfermedad, son un recurso. Un recurso sano del alma, de la psique, de lo más profundo del ser para sobrevivir y expresarse en un intento desesperado por ir a la vida.

Si por un casual te vieras afectado por uno de estos estados en tu entorno más cercano, no te preocupes, tú por supuesto, eres “normal”, estás bien, pero… mira a ver, si pudiera ser que hubiera algo en ti, en tu comportamiento, en tu actitud, en lo más sutil, en aquello que se intuye pero no se acierta a describir, en tu posicionamiento, en tu energía, en tu mirada o en tu voz, que pudiera atraer o activar “ese estado”, del otro, tuyo, del entorno, qué más da, de quién sea el estado. El estado no es, el estado está, y está para algo, para ayudarnos.

Un estado por lo tanto no es la persona, es algo que a veces está con o en la persona. La persona es algo muy superior al estado. Siempre está por encima del estado. En realidad, el estado pertenece al sistema, o mejor dicho, sirve al sistema, aunque para ello tome a algunos de nosotros para expresarse más intensamente, obligándonos a tomar conciencia a todos. Y es que hay algo superior al individuo, y es el grupo y los lazos que nos unen y conforman como tal. Y es a estos que sirve el estado, se exprese a través de quien se exprese.

Por eso, cuando un marido dice “mi mujer está histérica, por favor ¿puedes tratarla?” - Uff.. no hay nada que hacer, pues es el marido quien tiene que tomar conciencia de lo que dice a gritos su mujer. Y no al revés. Y cuando una mujer histérica grita “mi marido, mis hijos y todos a mi alrededor están locos”, puede que algo tenga de razón, pues es un intento desesperado por restaurar el orden en el sistema. La histeria se apodera de la mujer para expresar que hay algo en enredado y no se soporta, y es ahí donde hay que poner orden, en el sistema, en el grupo, y no en la mujer, pues en la mujer está solo el síntoma, la vía de escape, el medio a través de quien el desorden se expresa. La mujer encarna la expresión de una estructura que no se sostiene más, pues merma su integridad psíquica, su posición, su rol y su identidad.

Los trastornos son estados alterados de conciencia, “estados” repito, no permanecen, aparecen y desaparecen, están y no están. Cuando no son necesarios, se van, y entonces, una convivencia en paz, aceptación, digna y armónica, donde prevalece el vínculo, se miran los ojos y fluye la comunicación, vuelve a ser posible, como ya lo fue, como a un nivel del alma siempre fue. A qué sirven entonces estos estados, a restaurar el orden, donde en su esencia fluyen de nuevo y se encuentran las personas en un vínculo afectuoso, cálido y amable.

Da gracias a esos encuentros, puesto que son el detonante, la llave y la puerta, que si te atreves a transitar, te invitarán a trascender el dolor y a reencontrar el camino libre del deseo que guía tus pasos a la expresión más genuina de tu ser, en paz con tu pasado y en dicha con tu futuro, vivendo en plenitud el presente.

El deseo es el motor que guía nuestros pasos, las emociones, la brújula del inconsciente que nos indica por dónde, el dolor son las piedras en el camino, los baches, hoyos, laberintos, ríos y montañas, alrededor de los cuales damos vueltas y más vueltas, retrocedemos, nos paramos, nos asustamos, y finalmente nos agotamos. Solamente tomar el dolor nos permite liberarnos del mismo y continuar el camino. Si no lo llevamos en brazos, nos chocamos con él. Identificar tus heridas, reconocerlas, cuidarlas y mimarlas, te permitirá caminar y avanzar, más lento, más rápido, no importa, hacia delante, eso sí importa. Ignorarlas o negarlas, nos mete en un bucle donde todo se repite una y otra vez, entramos en mono-tonia, perdemos el tono, la voz, el vigor, nos vegetalizamos o nos intelectualizamos, que es bastante parecido. A veces, incluso nos desconectamos, no sentir nos ayudará a vivir, pensamos, y pagamos el precio de perder el vínculo con nuestro interior, y no sabemos qué queremos, quiénes somos, qué nos apetece, dónde queremos ir. Tomar el dolor, cuesta, pero merece la pena. Conectar con el dolor y tomarlo nos invita a crecer y a vivir una vida más plena. El dolor es real, reconócelo, tómalo. El sufrimiento, no. El sufrimiento es una excusa mental para no tomar el dolor, un rollo infinito, insufrible e infumable, y se expresa en forma de rodeos, de queja y de repetición, una y otra vez, siempre lo mismo, el dolor no. Si lo miras, se transforma. Transcendemos el dolor y aparece la dicha y la paz. Aunque sea por un rato, unos días, unos años. Luego, el dolor vuelve. Unas veces a modo de tanteo, otras para invitarnos a bajar un peldaño más y subir luego alto. En este proceso, maravilloso, descubrimos no solo quiénes somos, sino un montón de herramientas para integrar ese dolor sin sufrir tanto.

No sufras, abraza tu dolor.

Nuria Moreno

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