Los morritos de Donald Trump


Todo el mundo comenta los gestos, el pelo, sus manos, pero y los morritos ¿qué significan?


Donald Trump, el héroe mediático que no necesitaba publicidad porque su lenguaje corporal ya lo dice todo… ¡nos está dando tanto juego! ¡Gracias Donald!

Cuando observamos a Donald Trump, y cuando no lo observamos también, - pues resulta casi imposible no quedarnos estupefactos a la par que aterrorizados ante prácticamente todo lo que dice y hace… - hay algo que sobresale de manera casi antinatural, de modo que si tuviéramos que decir un solo rasgo que lo resume y caracteriza, este sería sin duda: su fuerza, o lo que sería más acertado aún, su ostentación de poder.

Parece como si realmente pudiera hacer de la noche a la mañana todo lo que se propone, como si el gobierno norteamericano constara de una sola y única persona, él y nadie más que él, el todopoderoso. Y sin embargo, qué curioso, pues es precisamente aquí, en la exageración del poder, donde Donald Trump se delata. Y es que, como bien reza una de las claves fundamentales en comunicación no verbal: “todo lo que es exagerado es mentira”. Las personas nos muestran con aquello que exageran justamente aquello que ansían, que adolecen o de lo que carecen, y al mismo tiempo lo que más les gustaría ocultar, produciendo lamentablemente el efecto contrario, canta.

Los seres humanos somos duales por naturaleza, y en esta dualidad nos debatimos a menudo entre extremos, hasta que conseguimos lograr un término medio y nos equilibramos. Una vida entera no basta a menudo para hacer semejante trabajo de pulir nuestras tendencias bipolares, y muchas veces lo que hacemos es todo lo contrario, acentuarlas más. Nuestra tendencia también a no verlo, o a no querer reconocerlo, no facilita este proceso, así que preferimos tropezar una y otra vez con la misma piedra y ya de paso echarle la culpa a la piedra, antes que detectar nuestros errores y carencias, y tratar de subsanarlas. Veamos cómo es esto en el caso de Donald Trump y qué tiene que ver con su fuerza y con sus morritos de niño enfurruñado.

Creo que estaremos de cuerdo en una cosa: todo en Donald Trump habla de fuerza y poder. Y si no, miren estas imágenes. Sí, lo sé, también de descaro y vulgaridad, pero eso no le resta poder, solo respeto, educación y verdadero liderazgo, que es lo que realmente no tiene.

Donald Trump, 120 kilos, grande, corpulento, muy voluminoso pero en nada blando, nos da una primera imagen de solidez, dureza y rigidez. De los pies a la cabeza, todo es rectitud. Postura erguida y estable, cabeza altiva, espalda y hombros rectos y abiertos. Todavía no ha hablado, todavía no se ha movido y ya impone. Cuando lo hace, cuando se dispone a hablar, se hace más grande aún, se inclina hacia delante, a la ofensiva, apoyándose con ambos brazos en el atril, o abriéndolos en forma de ele y enseñando las palmas de las manos en posición de stop y mostrando estar en todo momento alerta a lo que pueda suceder y sin perder en ningún momento el control.

Es el lenguaje de la selva, el más primitivo y animal, el de hacerse grande